TLC con Perú

          Chile debe ser uno de los países que más acuerdos de libre comercio internacional ha firmado, desde mediados de la década del 70 en que se inaugura la política económica de inserción en los mercados internacionales, la cual se acentúa a partir de los 90, con la negociación de los TLC. En la actualidad Chile tiene tratado de libre comercio con Estados Unidos, China, Canadá, México, Corea, Japón, Australia, Centroamérica y Brunei. Asimismo, hay convenios de asociación con la Unión Europea, Nueva Zelandia, Singapur, entre otros; y protocolos de complementación económica con la mayor parte de los países sudamericanos, y un acuerdo parcial con India. Justamente, ahora se persigue perfeccionar un TLC con este último país, de más de 1000 millones de habitantes, e interesar también a Rusia y a los integrantes  del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico (Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Qatar, Omán, Kuwait y Barhein). 

            Por su  parte, Perú sólo desde febrero de este año tiene vigente su Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Además mantiene convenios de este tipo con Singapur, Canadá y Tailandia, y negocia lo mismo con la Unión Europea, habiendo ya concluido la respectiva negociación con China.

            Es en este marco en que ambos países, Perú y Chile, han logrado suscribir su propio Tratado de Libre Comercio, el cual acaba de entrar en vigencia el pasado 1° de marzo. La iniciativa venía negociándose desde 1998 cuando se suscribió un Acuerdo de Complementación Económica (ACE) entre ambos actores, instrumento que permitió aumentar el comercio bilateral hasta en 4 veces (cerca de 3000 millones de dólares, en 2007), merced a la desgravación arancelaria inmediata de más de 2600 productos y  la programación a 5, 10, 15 y 18 años plazo para la liberación del resto de los productos. El presente TLC amplía el Acuerdo de Complementación Económica en orden a que promueve la protección de las inversiones de ambos países -proveyendo la certeza jurídica necesaria a un flujo más expedito de capitales-, y el intercambio de servicios (profesionales, educacionales, turísticos, y otros). Incluye además un mecanismo de solución de  controversias, basado en los ejemplos internacionales sobre la materia; amén de elementos importantes en las temáticas ambiental y laboral, y un acuerdo de seguridad social para los migrantes. Deja, finalmente, las puertas abiertas para un convenio minero y otro energético, con miras a eventuales proyectos binacionales. ¿Qué mejor?

            Lamentablemente, parte importante de la opinión pública peruana, liderada por sectores ultranacionalistas, ha rechazado este TLC, fundamentados, por sobre la real valoración económico-financiera (que es lo que debiera primar), en asuntos de carácter revisionista histórico, aduciendo erróneamente que el TLC "busca que los capitales chilenos controlen los sectores más importantes de la economía peruana, excluyendo los conflictos con los inversionistas y tribunales peruanos". Por lo tanto, han venido en declararlo inconstitucional (por no haber sido discutido en el Congreso) y además antidemocrático y antinacional, porque para estos nacionalistas del país hermano, los peruanos, más que peruanos, son o "prochilenos" o "antichilenos"; estando, según ellos, su propio gobierno "lleno de prochilenos", forma bastante peculiar y limitada de apreciar el cambiante, vertiginoso y exigente mundo de hoy. Es de recordar que la opinión pública peruana prácticamente demonizó al ex canciller Foxley cuando, a raíz del rechazo al TLC por parte de dichos sectores, opinó públicamente que muchos peruanos parecían vivir más en el siglo antepasado que en el presente, no pudiendo sacar de sus mentes -ya transcurridos 130 años del conflicto- el resultado de Guerra de 1879.  Ninguna mentira estaba diciendo el Canciller. Los hechos acontecidos, con esta verdadera borrachera de xenofobia antichilena y de inexplicable antiprogreso, exacerbada por la casi totalidad de los medios de comunicación pública del vecino país, así lo permiten constatar   

            La piedra angular de la resistencia al Tratado, por parte de los nacionalistas incaicos, se fundamenta en lo que ellos consideran la "asimetría" de las relaciones económicas entre ambos países. Claro, porque en 2007 la inversión chilena en Perú alcanzó a más de 6.000 millones de dólares, constituyéndose en la 7ª mayor inversión extranjera en ese país y el tercer destino de los capitales chilenos en el exterior (14% del total), mientras que  la inversión peruana en Chile alcanza sólo a 45 millones de dólares, lo que significa apenas un 0.04% del total de inversiones peruanas en el mundo. Pero no reparan estos señores en que la relación de comercio bilateral entre ambas naciones, al amparo del ACE, si bien en los años más cercanos a 1998, año de suscripción del Acuerdo, favoreció ampliamente a Chile, a partir de 2004 el superávit comenzó a revertirse en favor del Perú. Lo dice claramente el Presidente Alan García: "Vendemos a Chile más de 1800 millones de dólares al  año, mientra que Chile sólo nos vende poco más de 1600 millones". Además, la OCDE declaró el año pasado que Perú había superado a Chile en cuanto a la tasa de riesgo país, siendo que, por años, la tasa de riesgo país chilena fue la mejor de Sudamérica. Y es de recordar también que Perú lleva ya tres años consecutivos creciendo del orden del 8 ó 9%  anual (crecimiento del PIB), mientras que por todos es sabido que la economía chilena apenas creció en 3.4% en 2008, y que hoy se encuentra en recesión, por marcar crecimiento negativo en dos trimestres sucesivos. Así que dónde está la mentada asimetría. En lo personal, yo me alegro por este crecimiento peruano, creo que es el camino adecuado para el progreso y desarrollo general de nuestros pueblos, a cuyo logro definitivo debe llevarnos esta suerte de competencia-cooperación, "coopetición", como le llaman algunos analistas del momento. La competencia siempre es buena porque incentiva el perfeccionamiento de los procesos productivos e incentiva el adelanto tecnológico, contribuyendo a abaratar los precios en general y a mejorar la calidad de los productos finales, saliendo favorecido con todo ello el consumidor, en ambos lados de la frontera. Por su parte, la cooperación viene de la mano de estos acuerdos económicos, como el ACE, la CAN, el Mercosur, y ahora el TLC, que entran a regular esta competencia, para y por el bien común.  

            Gran culpa de la descrita situación de rechazo la tiene el propio gobierno del Presidente Alan García, porque, desde el momento en que se decidió a presentar la demanda marítima contra Chile ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, ha sido incapaz, en oposición a su planteamiento oficial y prédica recurrente, de mantener el contexto "de cuerdas separadas" (utilizando su propio vocabulario) con respecto a las relaciones comerciales y de otro tipo con la nación hermana. Tanto es así, que las voces de alerta de guerra con Chile han menudeado en el país del norte: José Antonio Graham, ex Jefe del Ejército peruano ha llegado a manifestar que "el país debe prepararse militar y políticamente para enfrentar un conflicto con Chile". Algo similar ha expresado Ollanta Humala, lider de los nacionalistas peruanos: "El TLC deslegitima la posición peruana ante La Haya" (qué  tiene que ver una cosa con otra, digo yo). Y todavía resuenan las tétricas palabras del en ese momento Jefe del Ejército peruano y candidato a Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas de ese país: "Chileno que entra, no sale; o sale en un cajón, o en una bolsa de nylon."

            Queda claro, entonces, dónde está el chauvinismo y el afiebrado y belicoso revisionismo, que se opone al progreso económico por estar anclado en el pasado. Lo incuestionable es que nuestros países necesitan del TLC, y eso lo tienen muy asumido las autoridades, especialmente las peruanas. De allí que hayan insistido en la especie, no obstante la presentación del contencioso ante La Haya.

            ¿O será que presentaron la demanda por si acaso, porque están casi seguros de que van a perder, conscientes de que el status quo les juega en contra desde que se avinieron a firmar los tratados tripartitos de 1952 y 1954? En ese caso, entonces, para Perú, perder el TLC sería perder por doble partida. De allí el empeño. Pues no cabe otra forma de explicar este afán dicotómico de buscar la alianza económico-comercial, por un lado, y andar presentando pleitos y rebuscando en cuestiones ya tratadas,  por el otro.    

                           

              

Publicidad por Bligoo.com

Escribe un comentario

¿Quieres usar tu foto? - Inicia tu sesión o Regístrate gratis »
Comentarios de este artículo en RSS

IMG00289-20110121-1937.jpg

RSS